jueves, 11 de septiembre de 2008

Thomas Mann en su padecimientos por Javier Marías 2ª parte


Aunque, como se ve, Mann no especificaba mucho, es de suponer que los ataques, excesos y perturbaciones debían estar relacionados con su mujer, Katia, madre de sus seis hijos. Sin embargo, las demás mujeres parecen haberle resultado del todo invisibles, a diferencia de los muchachos. Cuando fue a oír un recital de Rabindranath Tagore, se le confirmó la impresión que tenía de él: “Me parece una vieja dama inglesa muy distinguida”, pero en cambio no le pasó inadvertido que su hijo era “moreno y musculoso, de aspecto muy viril”. En el mismo acto quedó “cautivado por dos jóvenes que me eran desconocidos, guapísimos, quizá judíos”. Unos días después la compañía de un “joven lozano de dorados cabellos” lo sumió “en un dulce embeleso”, y unas semanas más tarde, un joven jardinero, “lampiño,, de brazos morenos y pecho descubierto, me dio mucho que hacer”. Agradecía enormemente al cine alemán de los años treinta que, a diferencia del americano o el francés, ofreciera “el placer de contemplar cuerpos jóvenes, sobre todo del sexo masculino, en su desnudez”.
Aunque despreciaba en general ese arte, poco dado a la palabra y representativo sólo del hombre vulgar y corriente, por suerte le reconocía sus “efectos sensuales sobre el alma”.
Es de temer que Thomas Mann, lejos del humor y la ironía que le atribuían algunos de sus lectores y conocidos, estaba siempre aquejado de melancolía, indolencia, ataques de nervios, pánico y torturas psicológicas, de variada índole, entre las que ocupaba un lugar destacado la irritación. A excepción de Proust (pero tan de otro modo), nadie como él explotó la asociación entre enfermedad y artisticidad , y en ese sentido puede decirse que desde siempre fue anticuado, ya que dicho vínculo tenía al menos un siglo de vida cuando él publicó su primera novela, “Los Buddenbrook” en 1901. Lo curioso del caso es que sus males y sus angustias eran de lo más estable: no lo abandonaban en ninguno de los lugares en que se vio obligado a vivir; exiliado de Alemania desde antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aunque después del Nobel, que recibió en 1929 con mucha naturalidad. Lo que hace a su figura más noble es, a la postre, su inequívoca oposición al nazismo, desde el principio y hasta el final, aún cuando sus ideas políticas o apolíticas no fueran nunca muy claras ni quizá recomendables: lo que le parecía más deseable, en oposición tanto al fascismo como al liberalismo, era una “dictadura ilustrada”, expresión en la que el adjetivo es demasiado vago y connotativo como para que no sea el sustantivo lo que prevalezca en todo caso.
Lo malo de Thomas Mann es que creía no tomarse en serio, cuando si algo salta a la vista, tanto en sus novelas como en sus ensayos como en sus cartas como en sus diarios, es que se hallaba plenamente convencido de su inmortalidad. En una ocasión, para restarle méritos a su “Muerte en Venecia”, que un norteamericano alababa hasta el sonrojo, no se le ocurrió otra cosa que rebajarlos diciendo: “después de todo, yo era todavía un principiante cuando lo escribí. Un principiante de genio, pero un principiante al fin y al cabo”. Una vez que ya no lo era, se consideraba capaz de los mayores logros, y en una carta al crítico Carl María Weber le hablaba con desparpajo de “la grandiosa historia que algún día puedo escribir, después de todo”. Es conocida su admiración por el Quijote ya que aprovecho su lectura a bordo del vapor Volendam, que lo llevaba a New Cork, para redactar un tomito, “Travesía marítima con Don Quijote”, sin embargo, el sobrio y magistral desenlace de la obra de Cervantes no sólo le decepcionó sino que lo juzgó mejorable: “El final de la novela en más bien lánguido, no lo suficientemente conmovedor; yo pienso hacerlo mejor con “Jacob”. Se refería, claro está, al Jacob de su tetralogía “José y sus hermanos”, que en España sólo ha sido capaz de de leerse entera el paciente (y rencoroso por ello) Juan Benet.
Sorprende que Mann opinara que las grandes obras eran resultado de intenciones modestas, que la ambición no debía estar al principio ni anteceder la obra, que debía estar unida a ésta y no al yo de su creador. “No hay nada más que la ambición abstracta y previa,, la ambición en sí e independiente de la obra, la águila ambición del yo. El que es así se comporta como una águila enferma”, escribió. A la vista de sus propias ambiciones, tanto expresas como inexpresas, habría que concluir que la enfermedad que padecía el águila Mann no era otra que la ceguera. Al hablar de la muerte de un antiguo compañero de colegio, apostilló: “inmortalizado por mi en “La montaña mágica”. No cabe duda que tenía ambiciones y se tomaba en serio quien anotaba con seriedad en su diario un día de 1935: “carta en francés de un joven escritor de Santiago de Chile, informándome de mi influencia sobre la joven literatura chilena”. No puedo evitar llamar la atención sobre tres palabras: la primera es “informándome”, la segunda es “influencia”, y la tercera es “chilena”.
Thomas Mann tenía un porte solemne, sobre todo de espaldas, según los que lo trataron. De frente, la nariz, las cejas y las orejas (todas ellas picudas) le daban cierto aire de duende, reñido acaso con la solemnidad. Era vehemente en sus intervenciones públicas, hasta el punto en que en una ocasión se le pasó el tiempo durante una lectura radiofónica de su obra y no tuvo más remedio que interrumpirse en mitad de una frase y pedir disculpas. Su procedencia altoburguesa se manifestaba a veces en sus querellas con el servicio: “Ataque de rabia contra la criada Josefa”; “Cocinera desleal, criada sorda”, “Las nuevas criadas parecen servir apara algo”, “Todos los criados de nuevo amenazan con marcharse. Nauseas y odio me produce esa canalla indigna”, son algunos de los apasionados apuntes que al respecto pueden leerse en sus ocultos diarios.
Sus dos hermanas se suicidaron, como también su hijo Klaus, novelista más modesto y olvidado que él. Padeció mucho, por tanto, aunque en la muerte de su hermana Carla el dolor por la pérdida se mezcló con su reprobación porque se quitara la vida en la casa de la madre y no en otro sitio más adecuado.. Padeció también el exilio, y el salvaje odio de sus compatriotas, se hizo ciudadano checoslovaco y norteamericano, pero tuvo la satisfacción del más absoluto éxito literario a lo largo de su vida entera, lo cual pudo compensarle. Murió el 12 de agosto de 1955 en Zürich, a la edad de ochenta años, víctima de una trombosis. No hubo ironías a la hora de su muerte. Su familia tuvo el detalle de enterrarlo con una sortija de la que estaba muy orgulloso y nunca se separaba. La piedra era verde, pero no una esmeralda.