viernes, 4 de mayo de 2012

Heinrich von Kleist (1777-1811)


Un día de otoño, hace unos años. Si se trata de la sepultura misma o solamente una lápida conmemorativa en el lugar de la desgracia, no lo sé.Aquí se quitaron la vida Heinrich von Kleist y su amada, Henriette Vogel. Altos robles de hojas doradas, a la izquierda el pequeño Wannsee, delicados ásteres en una maceta, cerca de la piedra una tabla de madera con una exhortación dirigida a quienes nacieron después: "Aquí buscó la paz el alma agitada del poeta. Cuida la naturaleza que aquí lo abraza amorosa" La letra pequeña es un poco menos schubertiana: "Parques públicos protegidos, Ley de 3 de noviembre de 1962". Antes de venir volví a leer el acta de sus postreros días, las cartas que los dos escribieron. El historiador francés Pierre Nora dio el nombre de lieux de mémoire a lugares como éstos, y acertó. Uno quisiera pensar algo, pero no tiene tan claro como acertar. Los muertos y sus momentos apasionados siguen siendo inalcanzables, y quizá todos los impotentes pensamientos que acuden  a nuestra mente confluyen en aquella palabra que tanto utilizó el poeta, hasta que casi llegó a pertenecerle en exclusiva. László Földényi, en su imponente libro "Heinrich von Kleist. Im Netz der Wörter" dedica al Ach de Kleist un capítulo propio, que además coloca al prinicpio del volumen.
Los personajes de Kleist no suspiran cuando les faltan las palabras, sino cuando se han acumulado tantas en ellos que ya no pueden hablar. Quieren decir tantas cosas de una vez que ya no pueden proferir ni una palabra. Entonces, la acción es interrumpida durante un instante por un mutismo sin palabras (pero tanto más elocuente). El Ach! interrumpe la acción no sólo en la forma de un suspiro (de un lamento, un gemido, un resuello, un grito de júbilo o un chillido) sino también como fenómeno tipográfico. El suspiro (Ach!) es una expresión del típico radicalismo kleistiano, de acuerdo con el cual la situación sólo puede aclararse cuando previamente se ha sumido en la confusión de  manera irrevocable.
Aquí se ha logrado, piensa uno involuntariamente, y como este pensamiento es demasiado banal para el lugar en que me encuentro, no se me ocurre cosa mejor que arreglar un poco los ásteres de otra manera, y luego dejar solos al poeta y a su Henriette debajo de los robles, a la orilla del Wannsee, dónde, después de su muerte, sucedieron cosas aún mucho más terribles.

Del libro "Tumbas de poetas y pensadores" de Cees Nooteboom.
Fotografías de la red.

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